Decoracion tudor isabelino 0
Constituye algo arriesgado todo intento de explicar cualquier estilo sin tener en cuenta los que le precedieron o, por lo menos, los inmediatamente anteriores. Porque es un campo dentro del cual resulta impropio moverse con absoluta autonomía y, en cambio, corresponde, prudentemente, tener en cuenta antecedentes, cuando no interdependencias. El “Perpendicular”, última forma del gótico inglés, es muy fácil de ver en la Abadía de Westminster, de Londres. Este edificio de piedra labrada que data del siglo XIII, del período de Enrique III, y encierra los sepulcros de los reyes y personajes importantes de Inglaterra, debe ser citado como uno de los antecedentes del estilo llamado Tudor.
La perpendicularidad induce a pensar en la verticalidad, a pesar de que ambos conceptos difieren entre sí. El gótico, por su sentido ascencional “plegaria florecida en mármol y pied ra que se eleva al cielo” fue vertical hasta el instante en que empezó a ser coartado por el “perpendicular”. ¿Qué quiere decir perpendicular, precisamente, en este caso?. La denominación le viene de los ventanales divididos mediante travesanos horizontales superpuestos que cortan a otros verticales. Por su abundancia y proximidad, los maineles columnitas, pese a su carácter lineal, provocan cierto énfasis llamativo que podría tomarse como un signo al observar el exterior de la abadía citada. Añádase a ello la acentuación de la suntuosidad de los tejados y, en el interior, las nervaduras de piedra que, en las bóvedas llamadas “en abanico”, anuncian, desde varias décadas antes que el “flan-boyant” francés, el tránsito del gótico. Un tránsito efectuado en Inglaterra tan lentamente que, más bien, hace pensar en persistencia.
El claustro de la Catedral de Gloucester, por su parte, con las bóvedas y muros tan cargados de tracería decoración geométrica prevalecientemente curvilínea, sirve para apoyar lo dicho, al propio tiempo que para situarnos ante la clásica oposición entre la vertical anhelante de altura y la horizontal, siempre predispuesta a cimentar un principio dualista espíritu versus alma hasta suscitar las inagotables controversias entre la inexorabilidad de la recta y la complacencia de la curva. ¿Podemos, ya, intentar una explicación del advenimiento del estilo Tudor? Algo se ha insinuado al respecto, del mismo modo que nos hemos aproximado al mundo de las tensiones lineales que, desde el plano simbólico, podrían constituir un anticipo de los cambios que habrá de imponer el monarca más discutible de la historia de Inglaterra.
El personaje Enrique VIII, también, estaba prefigurado por causas como las que determinar la dinámica inapelable de la Historia, que obra, casi siempre, por encima de los aparentes dictámenes individuales.


